lunes, 30 de noviembre de 2009

OTRA EDITORIAL DE EDUARDO

A continuación la editorial de La Nación del domingo pasado. El medio sigue en campaña electoral. Ahora plantea que la Concertación y el PC son de izquierda. Sangre roja correría por las venas de los nuevos hermanos políticos.

Editorial.

Uno de los méritos que ha tenido el candidato presidencial Jorge Arrate ha sido popularizar el valor de “ser de izquierda”. Para ser justos, es un objetivo que ha mantenido muy en alto el Partido Comunista en los últimos 20 años y que ahora el socialista allendista Arrate rescata. ¿Representan estas fuerzas entonces a la izquierda chilena? Si es así, habría que aceptar que la izquierda está reducida a no más del 6 por ciento de los electores chilenos en estos últimos 20 años. Duro revés después de haber representado en 1973 a más del 40 por ciento de los chilenos.

Pero no es así. Veamos. La Concertación se define como una alianza de centroizquierda, debido a que está constituida por partidos de centro y de izquierda. Para ser bien precisos, dos de sus partidos, el Socialista y el Radical, formaron parte del gobierno de Salvador Allende. Un tercero, el Partido por la Democracia (PPD) cuenta entre sus filas a muchos militantes que formaron parte de la Unidad Popular. Todos ellos, ¿ya no son de izquierda?, ¿alguien podría sostener, por ejemplo, que Michelle Bachelet no es de izquierda? Algunos grupos minoritarios se han esforzado en demostrarlo, pero no han conseguido convencer a mucha gente. Al contrario, Bachelet no sólo ha convencido a la izquierda, sino a muchos que no lo son.

La izquierda siempre se ha identificado con la defensa de los intereses de los trabajadores y sus organizaciones, con la intención de utilizar el Estado como instrumento fundamental para superar las diferencias de clase y por la aspiración, muchas veces considerada utópica y que aun así persiste, de construir una sociedad distinta al capitalismo. Si se analizan los programas de las candidaturas presidenciales sobre la base de estos sencillos principios, claramente tres de ellas tienen fuertes componentes de estas ideas: las de Arrate, Enríquez- Ominami y Frei.

Así vistas las cosas, la izquierda es mucho más que el 6 por ciento de quienes se reivindican como tales, pero ni los más optimistas ejercicios sumatorios podrían llevarla a acercarse al 40 por ciento que tuvo en 1973. Por el contrario, quien hoy ostenta un apoyo ciudadano similar o superior es la derecha: en torno al 43 por ciento desde el plebiscito de 1988.

La lógica política más básica diría que si la izquierda quiere influir en la sociedad chilena, su primer objetivo debería ser unirse y luego sumar fuerzas con el centro político. En buena medida ello se ha logrado en la Concertación. Pero resulta insuficiente. Lamentablemente, el reciente llamado a la unidad que planteó Jorge Arrate ha sido descalificado desde otros sectores que se reivindican de izquierda. Veamos.

Hasta hace poco tiempo, la candidatura de Enríquez-Ominami se declaraba transversal, atrayendo incluso hacia su comando a algunos connotados derechistas que gozaron de los beneficios de la dictadura militar. Ahora, al parecer debido a la fuga de votos hacia Jorge Arrate, se han acordado de sus orígenes y algunos de sus más radicales izquierdistas han salido a pedir el voto, reivindicándose como tales. Pero lo han hecho con un discurso que ya parecía extinguido, debido a sus múltiples fracasos: el del mesianismo revolucionario. Enríquez-Ominami sería ahora, según esta versión, el Chávez chileno, que barrería con la corrupción de las cúpulas partidarias e impondría un nuevo liderazgo popular que traería de la mano cambios estructurales a la sociedad capitalista.

Esa visión no resiste ni el más mínimo análisis. Afortunadamente, existe en Chile una izquierda responsable, dentro y fuera de la Concertación, que entiende que las legítimas aspiraciones de cambio requieren de formar mayorías sólidas, incluso más amplias que las que han permitido de manera gradual y aún incompleta horadar el modelo político excluyente y el económico neoliberal que se heredó de la dictadura.

Es por eso que el llamado al acuerdo mínimo para derrotar a la derecha ha tenido éxito. Ha sido bien acogido en la Concertación y en la mayoría del comando de Enríquez-Ominami, con la sola excepción de una pequeña cúpula aislada, que ahora corre desesperada a detener la fuga de votos por la izquierda.

No hay comentarios: